domingo, 25 de julio de 2010

Cortejo

La conoció en una barbaoa y le hizo el cortejo con cuidado.
Aunque era un renegado del amor, aún no lo invadía el tedio
insoportable del desinterés por las mujeres.
A veces, ella le hacía masajes con crema tibia y aceites perfumados, era como un rito,
una misa negra y él quedaba a su merced.
En sus brazos se sentía arrastrado por la corriente de un afluente encrespado,
se dejaba llevar por sus caricias y en el momento crucial él se pensaba en el cielo.
Después no quería saber nada de ella, hasta la siguente vez.

En la tarde del  jueves 15 de febrero de 2001

miércoles, 23 de junio de 2010

Destino

Facundo miró al cielo con desconfianza. Allí se remontaba la luna gorda con su cortejo de estrellas. Al menos la Josefa dormía bien arropada a salvo de aquella amenaza ancestral. Pensaba con tedio en el domingo, iría con su potrillo por el afluente del Barbacoa al pueblo, todos se reunían allí a la hora de la misa; aunque era un renegado y no iba casi nunca, en ese momento crucial necesitaba ayuda para la Josefa, pronto nacería su séptimo crío y el nuevo médico era el indicado, pero, ¿cómo se llamaba? ¡Ah!, sí, rarísimo, casi no lo aprende: “Dotó ojtetra”, se lo repitió con mucho cuidado su comadre Juana, la partera, el niño venía con complicación. Traería también unos encargos para la familia y la crema yodada para su dolor de espaldas, que ya era insoportable al inclinarse a recoger la red. A sus cincuenta y cuatro años ya se sentía viejo y cansado. A veces quería dejarse llevar por el buque fantasma, desaparecer, no ser nada.


Registrado: AnA

jueves, 13 de mayo de 2010

Para escribir un cuento

Había una vez en un país remoto una mujer que se llamaba Heroína. Una tarde soleada salió a pasear bajo los guayacanes, al pisar las hojas secas y las flores que caían, sus sandalias les arrancaban leves crujidos. La brisa que venía del mar lejano le acariciaba el cabello y los hombros desnudos. Heroína añoraba besos y abrazos -una sonrisa se dibujaba en su rostro-. Caminó bajo una ceiba enorme que perdía sus hojas por puñados y que desprendía unas motas blandas, Heroína las recogió y encontró un diminuto grano oscuro y duro. Ella quería ser etérea, no existir, para volar como ese grano de árbol, así que dijo:

- Dentro de ti se encuentra ese árbol enorme -y se tragó la semilla.

En su camino topó con un hombre bello y deseable. Se llamaba Único y pensaba que el mundo giraba a su merced y dignísima disposición. Conversaron largo rato, a Heroína le encantaba hablar de temas profundos y Único no deseaba quedarse atrás.
Caminaron juntos y luego ella se marchó a su torre de cristal donde vivía tranquila y sola. A los pocos días recibió una paloma mensajera con un anuncio de Único quien deseaba verla de nuevo. 


Heroína, que esa mañana se dedicaba a juntar letras y a contar flores se dijo:
- ¿Qué más da?
Le devolvió la paloma con una nota en la que le prometía que lo vería al atardecer, bajo la ceiba.

Ese atardecer Único y Heroína contaron estrellas y cortaron azahares.
Sintieron que la vida los recompensaba al caminar bajo la luna.
Se besaron con dulzura y durmieron una siesta bajo los guayacanes, desnudos…
Pasaron los días y el intercambio de cartas entre Único y Heroína creció.


Se veían algunas tardes, conversaban y comían frutas.
Una vez compartieron una madrugada de suspiros anhelantes.

De repente a Único empezó a crecerle el pecho: primero era un grano diminuto que poco a poco tomó la forma de un seno de mujer. Esto lo perturbó y llamó a Sandro –sabio en vidas y muertes-. 
- ¿A quién estás frecuentando?
Único expresó su verdad:
- Veo a muchas mujeres, algunas para intercambios sexuales, otras robarles sus réditos y otras que ni siquiera me importan.

-Tal vez aquí está la explicación: no crees en el amor -dijo Sandro-. ¿Alguna madrugada compartida?

Único recordó aquella vez que estuvo con Heroína y sonrió.
Sí –dijo–. No tuve la precaución de cuidarme como me previniste, recibí una bebida de manos de mujer.
Sandro lo miró y le dijo:
- Es probable que esa mujer te hiciera un conjuro. Debes contactarla pronto.

Único escribió a Heroína sin recibir respuestas durante dos semanas. Su seno seguía creciendo, estaba en el centro de su pecho y hacía que respirara con dificultad. Además sentía muchos deseos de salir volando, perderse en el infinito, irse, no estar.


Heroína aceptó ver a Único un atardecer, bajo la ceiba. Él llegó ansioso y se sentó en la hierba a esperar. Los guayacanes tenían muchas hojas verdes.  Heroína caminó hacia Único con una sonrisa entre su cabello suelto. 
- Heroína ¿qué me hiciste aquella madrugada?
Ella lo miró a los ojos.
- Nada diferente a lo que tú hiciste conmigo. Un poco de mi esencia. Ahora solo queda soñar en desaparecer.
Se abrazaron y del pecho de Único nació una ceiba, primero una rama y luego salieron otras: era una ceiba en miniatura, la ceiba grande elevó sus raíces hacia la pequeña, la llevó a sus pies y la sembró allí en la tierra.
Único lloró porque no quería –a pesar de todo separarse de su hija. Heroína lo miró, se dieron un beso suave y sus cuerpos se volvieron pequeños y duros y se metieron en la tierra, subieron por la savia hasta la ceiba y esperaron tres años a que la ceiba diera motas y así cumplir su sueño de desaparecer, de volar, de ser etéreos
Martes 23 de marzo de 2010
Por: AnA  -- Registrado

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soy brisa, nube rosada de la tarde, aliento cálido, escarcha de alas de mariposa, alucinación fugaz