no es autobiográfico

sábado, 9 de abril de 2011

La Donna


"Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas"… Sabía de memoria ese texto de Nélida Piñón, lo repetía como un sortilegio antes de salir de cacería.
Cuando asechas al amor caminas con pasos inseguros por un sendero desconocido. El asombro es tu guía, ¿Cuántas veces quisiste acercarte a él antes de ese deslumbramiento? Sentir el suave calor del contacto de su mano en tu mano. La maravilla de la anunciación: 
- Eres el elegido. Ahora disfruta.
¿Cuánto tiempo dura esa sensación? Solo un instante. ¡Al evocarlo en tu mente se despliegan tantos momentos imaginados, vividos, reales, irreales, soñados!

El suave toque de su dedo rozando apenas tu vello. La sensación de sonrojo, el deseo disimulado. El adormecimiento de tus labios, el dulce flujo que empiezas a verter. La fiebre que se desprende de tus entrañas. Cuando se acercó por primera vez y te miró a la cara, creíste que su aliento se confundía con el tuyo en muchos abrazos apretados. El brillo de sus ojos al chocar con el de tus ojos era la sensación de un orgasmo fugaz. Era como si te entregaras a esa pasión que se reconocía en la distancia. La primera mirada. Es allí donde tienes la certeza: si los dos se meten en la cama habrá llamas y gemidos: 

- Será un placer seguirte, será un placer sentirte cerca. Y él decía tu nombre con tono apasionado: 
- Laura, Laura, Laura...

Como experta cazadora -antes de las primeras caricias- sé cuál es el hombre indicado. Tengo una indecible vocación de deseante. De estar disponible para el azar del encuentro. Para gozar del placer de la lujuria. Elijo un hombre, le sonrío, le hablo, lo miro y lo toco. No tiene opción, estará a mi merced como pieza propicia para el sacrificio. Allí me detendré, beberé de esas aguas, me dejaré empapar y luego volaré. 

Recuerdo cuando conocí a Paulus, era jueves. El hombre estaba allí, frente a mí. No sabía de mis intenciones, no sospechaba siquiera, pero yo tenía dispuestas mis armas de seducción. Esa mañana al levantarme me dije: Hoy saldré de cacería. Tomé un baño con hierbas aromáticas y miel para endulzar el camino. 

Revisé el periódico y el Internet en busca de sujetos: festival de cine, congreso de ginecólogos, reunión de periodistas y también una semana de conciertos. Escogí la reunión. Los ginecólogos están descartados - ya nada los seduce-. Al cine casi siempre se va en pareja. El concierto era en la noche. Revisé bien los nombres, que no estuviera entre ellos una antigua víctima.

El segundo conferencista era alto, bien formado, edad adecuada, buena resistencia en la cama, pensé. En la ronda de preguntas me miró, ¿era el brillo esperado? Mi corazón de cazadora estaba a la expectativa. En la pausa del café se enredó en amena charla con nuestro mejor periodista gay. Descartado.

Me enfilé hacia el concierto. Había un chelista, Paulus, tocaba al día siguiente. Era atractivo en las fotografías. No sabía nada de él. Al llegar al teatro encontré a mi ex novio Ramiro. Un tipo espanta suerte. Siempre que me topo con él se queda a mi lado para cuidarme el ala. Me lleva a mi casa y me deja a la puerta sin un solo beso. Es un egoísta, se asegura de que pase la noche sola. Se acercó con una sonrisa de su boca que yo adoré, pero que en ese momento no brillaba para mí.
- Hola, Laura, sabía que vendrías.

Engreído, como si el concertino fuera él. Salí corriendo y entré al teatro.
Busqué un lugar adecuado, dejé mi agenda y me dirigí al baño. Repasé el maquillaje, guardé los calzones en mi bolso y me hice un masaje con hierbas aromáticas y aceite en muslos y nalgas. Salí muy segura: vestía una falda ancha, blusa de seda, medias de malla, tacones altos y un liguero de encaje.

Vi a Ramiro, ¡lejos! Delante de mi lugar se había sentado un hombre. Le dije con voz exasperada:
- Señor, hay ciento treinta y ocho sillas libres ¿Por qué se hace justo delante de mí? Me tapa el piano.

Él volteó, sorprendido, y me dijo:
- No la había visto, disculpe, ¿Puedo sentarme a su lado?

Era Paulus. Lo miré con una ensayada sonrisa y empecé a repetir en mi cabeza: "Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión."

Autora: Ana María Gómez Vélez
Taller Cali, Colombia



Publicado en el libro Antología de cuentos. Talleres literarios 2010. Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa. marzo 2011, Medellín, Colombia.






domingo, 25 de julio de 2010

Cortejo

La conoció en una barbaoa y le hizo el cortejo con cuidado.
Aunque era un renegado del amor, aún no lo invadía el tedio
insoportable del desinterés por las mujeres.
A veces, ella le hacía masajes con crema tibia y aceites perfumados, era como un rito,
una misa negra y él quedaba a su merced.
En sus brazos se sentía arrastrado por la corriente de un afluente encrespado,
se dejaba llevar por sus caricias y en el momento crucial él se pensaba en el cielo.
Después no quería saber nada de ella, hasta la siguente vez.

En la tarde del  jueves 15 de febrero de 2001

miércoles, 23 de junio de 2010

Destino

Facundo miró al cielo con desconfianza. Allí se remontaba la luna gorda con su cortejo de estrellas. Al menos la Josefa dormía bien arropada a salvo de aquella amenaza ancestral. Pensaba con tedio en el domingo, iría con su potrillo por el afluente del Barbacoa al pueblo, todos se reunían allí a la hora de la misa; aunque era un renegado y no iba casi nunca, en ese momento crucial necesitaba ayuda para la Josefa, pronto nacería su séptimo crío y el nuevo médico era el indicado, pero, ¿cómo se llamaba? ¡Ah!, sí, rarísimo, casi no lo aprende: “Dotó ojtetra”, se lo repitió con mucho cuidado su comadre Juana, la partera, el niño venía con complicación. Traería también unos encargos para la familia y la crema yodada para su dolor de espaldas, que ya era insoportable al inclinarse a recoger la red. A sus cincuenta y cuatro años ya se sentía viejo y cansado. A veces quería dejarse llevar por el buque fantasma, desaparecer, no ser nada.


Registrado: AnA

jueves, 13 de mayo de 2010

Para escribir un cuento

Había una vez en un país remoto una mujer que se llamaba Heroína. Una tarde soleada salió a pasear bajo los guayacanes, al pisar las hojas secas y las flores que caían, sus sandalias les arrancaban leves crujidos. La brisa que venía del mar lejano le acariciaba el cabello y los hombros desnudos. Heroína añoraba besos y abrazos -una sonrisa se dibujaba en su rostro-. Caminó bajo una ceiba enorme que perdía sus hojas por puñados y que desprendía unas motas blandas, Heroína las recogió y encontró un diminuto grano oscuro y duro. Ella quería ser etérea, no existir, para volar como ese grano de árbol, así que dijo:

- Dentro de ti se encuentra ese árbol enorme -y se tragó la semilla.

En su camino topó con un hombre bello y deseable. Se llamaba Único y pensaba que el mundo giraba a su merced y dignísima disposición. Conversaron largo rato, a Heroína le encantaba hablar de temas profundos y Único no deseaba quedarse atrás.
Caminaron juntos y luego ella se marchó a su torre de cristal donde vivía tranquila y sola. A los pocos días recibió una paloma mensajera con un anuncio de Único quien deseaba verla de nuevo. 


Heroína, que esa mañana se dedicaba a juntar letras y a contar flores se dijo:
- ¿Qué más da?
Le devolvió la paloma con una nota en la que le prometía que lo vería al atardecer, bajo la ceiba.

Ese atardecer Único y Heroína contaron estrellas y cortaron azahares.
Sintieron que la vida los recompensaba al caminar bajo la luna.
Se besaron con dulzura y durmieron una siesta bajo los guayacanes, desnudos…
Pasaron los días y el intercambio de cartas entre Único y Heroína creció.


Se veían algunas tardes, conversaban y comían frutas.
Una vez compartieron una madrugada de suspiros anhelantes.

De repente a Único empezó a crecerle el pecho: primero era un grano diminuto que poco a poco tomó la forma de un seno de mujer. Esto lo perturbó y llamó a Sandro –sabio en vidas y muertes-. 
- ¿A quién estás frecuentando?
Único expresó su verdad:
- Veo a muchas mujeres, algunas para intercambios sexuales, otras robarles sus réditos y otras que ni siquiera me importan.

-Tal vez aquí está la explicación: no crees en el amor -dijo Sandro-. ¿Alguna madrugada compartida?

Único recordó aquella vez que estuvo con Heroína y sonrió.
Sí –dijo–. No tuve la precaución de cuidarme como me previniste, recibí una bebida de manos de mujer.
Sandro lo miró y le dijo:
- Es probable que esa mujer te hiciera un conjuro. Debes contactarla pronto.

Único escribió a Heroína sin recibir respuestas durante dos semanas. Su seno seguía creciendo, estaba en el centro de su pecho y hacía que respirara con dificultad. Además sentía muchos deseos de salir volando, perderse en el infinito, irse, no estar.


Heroína aceptó ver a Único un atardecer, bajo la ceiba. Él llegó ansioso y se sentó en la hierba a esperar. Los guayacanes tenían muchas hojas verdes.  Heroína caminó hacia Único con una sonrisa entre su cabello suelto. 
- Heroína ¿qué me hiciste aquella madrugada?
Ella lo miró a los ojos.
- Nada diferente a lo que tú hiciste conmigo. Un poco de mi esencia. Ahora solo queda soñar en desaparecer.
Se abrazaron y del pecho de Único nació una ceiba, primero una rama y luego salieron otras: era una ceiba en miniatura, la ceiba grande elevó sus raíces hacia la pequeña, la llevó a sus pies y la sembró allí en la tierra.
Único lloró porque no quería –a pesar de todo separarse de su hija. Heroína lo miró, se dieron un beso suave y sus cuerpos se volvieron pequeños y duros y se metieron en la tierra, subieron por la savia hasta la ceiba y esperaron tres años a que la ceiba diera motas y así cumplir su sueño de desaparecer, de volar, de ser etéreos
Martes 23 de marzo de 2010
Por: AnA  -- Registrado

viernes, 2 de octubre de 2009

Inquietud

"La sangre sobre la nieve es más roja” le dije a Aurelio -para calmarlo- cuando la vio derramada en alfombra y sábanas. Estaba alarmado. Traté de sonreír con lo que me quedaba de ánimo: llama la partera. Marcó el teléfono: necesito a doña Asunción en lo de Aurelio. Es hora.


Doña Asunción ordenaba: Agua, telas limpias. Salgan todos. Quiero acompañarlas, musitó Aurelio. Con un gestó le indiqué: No. Cálmese señora, las cosas no son tan graves. Sabiéndolo un recurso, callé. La pequeña estaba atrancada. No podría salir aunque Asunción trabajara. La sangre fluía. Me desvanecí. Más tarde me dijeron la niña nació bien, lo único raro es que tiene una trompa como de elefante. Le haremos cirugía facial. Miré asustada allí estaba la prueba flagrante de mi delito. Mi marido un cornudo, yo una coqueta. Me enamoré de Ganesha y me poseyó en sueños. Aurelio me miraba con compasión. Pero no pidió el divorcio. En adelante me torturaría.


AnA


jueves, 1 de octubre de 2009

Dos palabras





                                                     "Ni idea. Esas son dos palabras…"



Dos palabras.
Cuarto menguante.
Soy yo. Te extraño. Nos vemos.
Te cuidas. Salgamos juntos.
Te pienso. Aquí estoy.
Cuenta conmigo. Caminemos juntos.
Cuarto creciente.
No sé. Nada creo. Flor deshojada.
La vida. Una trampa.
Bonito día. Buenas noches. Puerta cerrada.
Quiero sexo. La muerte.
Tomemos otro.
Emborráchate conmigo.
Luna llena.
No estoy. Usuario desconectado.
¿Qué piensas? Tiempo muerto.
Caída libre. No responde.
Luna nueva.
Estoy soñando.
Duermo penas.
Escribo poemas. Leo novelas.
Camino, canto.
Soy mujer. Sin retorno.
La mar. Calma chica.
Todo acabó. Por fin.
¡Oh, no!





AnA





Aquella tarde de martes en septiembre después de tu carta.







viernes, 17 de abril de 2009

Y fuimos el amor

Y le dije: Ven a mi lado apóyate en mi hombro, deja que acaricie tu cabeza y te ponga ungüentos olorosos a maderas y azahares para que tu cuerpo descanse de sus dolores. Llevé entonces velas y flores de frangipán y ungí su cuerpo y lo acaricié despacio, con dulzura, quedito, quedito, hasta que durmió en mis brazos por tres noches y tres días. Lo alimentaba con leche de cabra y pan ácimo, pescado ahumado y tomates con albahaca. Todo igual, todo distinto.

Habló a mi corazón y me contó sus penas, apoyó su cabeza en la almohada y luego ya descansado y en paz me tomó en sus brazos y fuimos el amor y los sueños y volamos en carros de fuego al cielo y bajamos al infierno tantas veces con angustia y buscamos el secreto de las amapolas y los nidos de las arañas y las golondrinas e inventamos palabras para nosotros y reímos y cantamos y fuimos uno y dos y tres y seis y siete y cuatro por doce y soñamos despiertos y vivimos dormidos. Fuimos libres y amantes y dos y todos.

Pensando mejor, fue así: Existíamos tú y yo. Tu mirada con su luz abrió mi entendimiento y me dio la fuerza para avanzar entre espinas y abrojos hasta llegar a tu orilla renovada y llena de esperanzas. Fue tu mano la que me dio de comer y de beber y fueron mis palabras las que salieron de mi pecho para sanar mis heridas y me hiciste descansar en tu almohada.

Después de la transformación me diste tu amor como una ofrenda de sedas y flores rojas.

Transcurrimos por una senda de luz y de calma, transformamos los sueños en besos y el temor en sosiego. Y fuimos el amor y los sueños y la vida. Y fuimos libres y amantes y dos y todos.

Analuna

Escrito un martes de abril del año de gracia de 1352 en Coímbra


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soy brisa, nube rosada de la tarde, aliento cálido, escarcha de alas de mariposa, alucinación fugaz